Hace muchos años, había en la televisión aquella en blanco y negro, unos programas alucinantes en los que llevaban a entrevistar a unos tipos rarísimos, que me parece que estaban como regaderas. Entre toda aquella diversidad de individuos, los que más nos gustaban eran los que iban a contar que habían visto platillos volantes.
Nos partíamos de risa con los disparates que narraban, que las naves estaban tripuladas por seres altísimos de más de dos metros, muy delgados, y que llevaban una máscara de cristal y botas planas. Sus descripciones me recordaban una pasarela cualquiera de André Courrèges, con modelos de minivestidos tiesos, medias tupidas, botas planas de colores pastel y aquellas gafas blancas opacas que llevaban falsas pestañas pegadas sobre el cristal.
Otros las describían como la tripulación de aquella maravillosa compañía que fue Braniff International, con sus azafatas vestidas en plan nave estelar, que se paseaban por los aeropuertos con una escafandra al brazo como si fuera el casco de la moto. Los aviones eran otro flipe de colores que daban alegría a las pistas donde todos los aviones eran “color avión”. Yo me asomaba a mi ventanilla al tomar tierra buscando aquella psicodelia amarillo neón, turquesa o morado porque me alegraban el corazón.
Con ese incentivo televisivo, cada vez que circulábamos de noche por alguna carretera solitaria, comentábamos que quizás a la vuelta de una curva, habría un OVNI plantado en el medio de la carretera y que nos llevarían a dar una vueltecita por el espacio exterior.
Otras veces, cuando había noches con tempestades muy fuertes, nos animábamos a salir en coche hasta la carretera que va desde Baiona a La Guardia porque nos decíamos que si había alguna posibilidad de avistamiento, sería esa noche. Nadie en su sano juicio saldría de paseo en esas condiciones y menos aún en un Mini, con el que los navegantes espaciales nos podrían haber llevado con todo y coche.
No había ni una luz en toda aquella estrecha carretera pegada al mar, las olas rompían con muchísima fuerza contra las rocas, levantando enormes montañas de espuma y solo ese espectáculo era lo bastante aterrador como para que encima se nos aparecieran cosas.
Teníamos una niña de tres o cuatro añitos a la que lógicamente llevábamos a la aventura. La pobre me decía -Mami, por favor no vayamos a ver a los marcianos! y yo le contestaba: -Si boba, verás qué divertido darse una vuelta por el espacio y fíjate qué suerte si además nos operan del apéndice!
Yo estaba convencida de que el tour iba a incluir cirugía indolora.
No sé cómo ha salido una persona tan buena y tan equilibrada con unos padres tan majaretas. Supongo que en el fondo, era consciente de la gran broma que era todo aquello. Hoy en día es aún más chiflada por la ciencia ficción de lo que lo fuimos nosotros y su ilusión es que abaraten los viajes espaciales para darse una vuelta por ahí fuera…





