Hemos bajado una vez más a Marbella. Este hecho, que se ha convertido en una especie de peregrinación mensual, de penitencia, creo que debería de tener una recompensa celestial y sin embargo, a pesar de nuestro esfuerzo, no aparece una casa que nos guste de verdad.
En esta ocasión hemos salido a primera hora de la tarde, pero al estar a finales de otoño y dirigirnos hacia el Este, nos encontramos con que oscurecía mucho antes de lo que lo hace en nuestra zona.
La falta de luz me impedía tomar fotos, así que iba distraída y medio amodorrada por la oscuridad. El sol hacía más de veinte minutos que había desaparecido por el horizonte y sólo quedaba esa última luminosidad tangencial de color azul intenso, cuando de repente, iluminado de una manera increíble, surgió Arévalo, en la provincia de Ávila. Tiene un puñado de castillos, de iglesias y de catedrales, todas ellas alumbradas dramáticamente de abajo a arriba, recortadas contra la línea del cielo. También se podían ver, muy difuminadas, el resto de las casas de la villa.
Tenemos que volver para visitarlo con calma, tiene mucho arte mudéjar y unas historias increíbles, como la de Pedro I El Cruel, que se casó con Doña Blanca de Borbón, a quien en sus capitulaciones matrimoniales le cedía el señorío de la villa y tres días después de la boda, la recluyó en el castillo y él se largó con la barragana.
Además tienen una cocina fantástica como cordero asado, el tostón (chanchito muy pequeño) y esas cosas típicas de tierras frías…
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