En el hotel en el que estamos alojados en Atalaya, a lo largo de todo un año, hemos ido desarrollando relaciones amistosas con el personal del comedor, la cafetería, etc. Ya se sabe, el roce hace el cariño y más ahora que no hay nadie alojado aquí aparte de mi marido y yo. Una propiedad de más de una hectárea para sólo dos personas.
Ayer por la tarde no nos apetecía caminar por la playa y recalamos en la cafetería, donde estaba una camarera encantadora y a la que me gusta mucho oír hablar. Cuenta recuerdos muy divertidos de su infancia a toda velocidad y a veces tengo que prestar mucha atención para entenderla porque tiene un acento andaluz muy marcado y que estoy deseando adquirir. Eran diez hermanos y todos muy seguidos (de hecho creo que dijo que su madre al último lo tuvo a los treinta y cuatro años). Isabel, mi amiga, es melliza con otra chica y aún son nueve hermanos repartidos por Europa y USA porque el menor era enfermito y falleció pronto, pese a los desvelos de su madre.
Le he prometido que si consigo casa aquí, le pediré que se reúnan todos y narren sus recuerdos para poder escribirlos. Su madre, que aún vive, seguro que es un archivo ambulante de historia.
Isabel me habló de lo grande que era su casa, con los suelos de tierra prensada, de las necesidades que pasaban, de cómo su hermana mayor iba a lavar la ropa al río, para ayudar a su madre que se ocupaba sólo del pequeño enfermo, de cómo con 16 años se fue a trabajar a París, porque ya de trabajar como una burra por lo menos ganar dinero y entonces pasó ella, Isabel, a lavar al río. Pero siempre me contó lo felices que eran y lo mucho que se reían… que su madre los sentaba a todos a la puerta de la casa al atardecer porque hasta las siete y media de la noche no venía la luz y de sus amiguitas, María del Parador, María de la Tahona…
Como en España hace años todas las niñas llevaban el nombre de María delante y luego el de una lista enorme de Vírgenes aparecidas en lugares muy diversos, como en el Valle, en el Camino, en una Roca… pues pensé que también había una Virgen de la Tahona y otra Virgen de Parador y le pregunté de dónde eran patronas. Casi se muere de risa por mi ignorancia.
Habló de cómo una hermana de su padre que también se había ido a trabajar a París, les mandaba regalos desde allí y una vez llegó una tela para ella y su melliza y para la más pequeña y una mujer, les fue a coser a casa porque su madre tenía máquina y les hizo un vestido a cada una, “pa’ estrenarlo el día del Zeñó”.
_Perdón, pero cuál es el día del Señor?_ le pregunté
Me miró como si fuera tonta y me dijo: El Corpu! Tenía que habé una fiesta mu especiá pa’ estrená algo! Y allá que nos fuimos mis hermanos y yo y al ir a la feria por jugá me cayó una rama de una acacia en la cabeza, que me hizo una brecha enorme y me puso el traje perdío… La bofetá que me dio mi madre al verme el vestío y ni me preguntó cómo estaba! Mire usté el való que nos daban a los niños! Pero es que no habíamos tenío un vestío nunca! Nos compraban una falda que no la llevábamos por la cintura, sino por las axilas, que nos tenían que durá muchos años… la íbamos bajando…
_¿Y la vez que otra tía mía que se fue a trabajá a Valencia y por medio de un tratante de ferias, de esos que llevaban mulas, nos mandó en una zaca una piña de plátanos? Nunca habíamos visto plátanos y todas las vecinas alrededó diciendo, qué será esto? Y dijeron luego, Vamos a dárselos a los niños y si no les paza ná, nos los comemos nosotras!
Qué lista era su madre, “que un día le regalaron dos pasteles y en vez de llevárselos a casa se los regaló a una amiga que sólo tenía un hijo, porque en casa, entre tantos hermanos, con el hambre que tenían siempre, ze iban a matá”.
Hoy Isabel tuvo el día libre, pero mañana, me ha dicho que me va a enseñar una foto que no ha visto nadie fuera de su familia, ni sus compañeros de trabajo, lo que sin la menor duda, es un honor que agradezco. Me ha dicho que por mi forma de hablar, soy como ella, una persona sencilla, lo que sin la menor duda, es un honor aún mayor.
