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Archive for 31 enero 2011

30 de ENERO

Hoy mi madre habría cumplido 98 años. Había nacido en 1913 y ella decía que no había sido un buen año.
Yo creo que sí.

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HOY: PREVER

Sencillito, cortito, fácil de pronunciar… Un verbo que no tiene más que ventajas.
Quiere decir, lógicamente, ver con anticipación, conjeturar o preparar medios para futuras contingencias.
Por qué entonces convertirlo en “preveer”? A qué esa segunda “e”? Es que así se convierte en una palabra más importante?
Me pregunto yo… Cómo se supone que sería el participio? Previisto?
Y ya que estamos… A qué esa fiebre de usar la palabra “VISIONAR”. Es aún más importante que la supuesta “preveer”? Sabe la gente que la emplea como sinónimo del pobrecito verbo VER, que visionar significa creer que son reales cosas inventadas? Apariciones y cosas así…

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RABO DE TORO

Siempre digo que los domingos son espantosos. Me repito, lo sé y no pienso evitarlo para ver si entre todos lo arreglamos. El domingo viene siendo la guinda de una semana chunga. Habitualmente no por nada en especial, sino que tenías la esperanza de hacer algo estimulante cuando empezaste con un lunes nuevecito y ahí estás, confirmando que esta semana pasada fue como las anteriores (luego resulta que las hay mucho peores!) y que no tiene pinta de mejorar el panorama.
Ni siquiera hay ningún programa televisivo interesante, lo que sería de agradecer si estás en un hotel y fuera hay un temporal que te mantiene encerrada.
Lo poquito que podías ir a ver al cine ya lo viste y resultó un fiasco y también ya leíste hasta que los ojos vieron estrellitas de colores.
Como estamos lejos de casa y comemos en restaurantes, procuramos probar cosas típicas de la zona y hoy tocó probar habitas con jamón ibérico para empezar y luego rabo de toro
Qué plato tan fuerte! Tiene mucho sabor, está riquísimo y nos lo sirvieron con patatas fritas. Creo que con arroz blanco o puré de patatas habría mejorado y sería más suave.
El resto de la tarde lo empleamos en digerirlo e intentar sobrellevar la ventolera salvaje y la lluvia que nos azota, con santa resignación.

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VIAJE

Hemos vuelto a salir de viaje. Es la 3ª vez que bajamos a Málaga a ver si encontramos una casa en la podamos vivir a partir de ahora y cuyo requisito indispensable es que haga buen tiempo. Que entre la luz por las ventanas desde que amanezca hasta que se haga de noche y, si puede ser, que haga calorcillo también… nada menos!
Me gustan los viajes en coche y me gustarían más si no fuera por autovías, autopistas, auto-esto y auto-lo-otro. Prefiero las carreteras en las que me pueda arrimar al arcén y tomar fotos de lugares y escenas que me resulten atractivos. Pastores y ovejas o labores del campo son mis favoritas. Pero a pesar de la velocidad de crucero a las que las tomo, en las que los primeros planos son una estela a 120km/h se podría decir que viajamos sin prisa y la primera noche nos quedamos a dormir en Plasencia.
Volveremos porque es una ciudad medieval muy bonita con 2 catedrales, una antigua, románica de los siglos XIII y XIV que es una preciosidad y otra posterior, gótica del XV, donde llegué a tomar fotos a pesar de que ya oscurecía. En la zona de Benavente había buscado a las cigüeñas entre los viejos nidos del año pasado que se alinean sobre los postes de alta tensión, pero no vi ninguna. Sin embargo a Plasencia estaban llegando. Las vi en parejas y en bandadas. En los nidos y en el campo buscando ratones. Qué lindas son con sus largas patas que no sabes cómo soportan esos cuerpos y picos tan grandes sin caer a plomo hacia delante o hacia atrás. Qué perfección de centro de gravedad!
Como habíamos comido regular (en un pueblo de Zamora que se llama Tavara), una comida que rezumaba aceite, decidimos no tomar más que un montadito de atún a la cena.
Hoy paramos a mediodía en “La Venta del Alto”, un lugar en que solíamos detenernos en nuestras vacaciones en Huelva ó Cádiz cuando las niñas eran pequeñas. Carlos se sacudió una sopa de ajo, que comentó lo bien que le sentaba con aquél frío. Estuve a punto de pedirla pero algo sabio en mi interior me dijo que mejor judías con jamón. Aborrezco el pan mojado, me parece comida de pollos. Luego, pedimos solomillo de cerdo ibérico.
El paisaje de Badajoz me gusta muchísimo. Hay zonas de moreras, de encinas y finalmente de olivos. Me encantan. Le dan cierto aspecto de jardín japonés. Los árboles de tronco bajito y copa redondeada sobre suelos de hierba corta parecen arbustos podados así a propósito. Uno aquí, otro allá, en un paisaje limpio y ordenado, de líneas tan definidas, minimalista.
Las encinas y los olivos son más complicados y los troncos salen como salen, retorcidos, medio tumbados en el suelo, como partidos al medio… Todos parecen neuróticos en busca de un psiquiatra de campo. Bajo las encinas comían bellotas los cerdos grisáceos que luego serán jamones “pata negra”. Los chanchos de mi tierra son negros, negros de verdad y en serio que son riquísimos y se pasan el día chapoteando en charcos inmundos a la intemperie.
Mientras tanto, mi alejada hija en África comió hoy tilapia del Lago Victoria a la plancha con patatas fritas. No suena muy exótico?
Mañana vamos a tener que esmerarnos mucho para superar eso.

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RIN TIN TIN

Hoy le voy a dedicar un pequeño comentario a todas esas personas encantadoras que usan alegremente la frase “hablar con rin tin tín” (o Rintintín”, no sé, porque sólo la oigo y no sé como la escribirían).
No se puede hablar con Rin Tin Tin, porque era un personaje ficticio. Un perro de una serie estadounidense de cuando la tele era aún en blanco y negro, a mediados del siglo pasado. Ni siquiera se podría hablar con el Teniente Rip Masters, con el Sargento Biff O’Hara, o incluso con el pequeño Cabo Rusty, como iba diciendo la voz en off que presentaba la serie, así que peor con el perro.
La palabra adecuada es RETINTÍN, que es una forma sarcástica de hablar, con intención de zaherir a alguien.

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Esta tarde-noche he ido al cine con una amiga a ver “Camino a la Libertad”. Una ya va al cine con pocas esperanzas de que la cosa la satisfaga, pero tratándose de Peter Weir, le había puesto ilusión al asunto. Para empezar, la frase que pretende ubicarnos al inicio de la peli: “En 1939 Rusia invade Polonia por el Este y Hitler por el Oeste, me parece sesgada y tendenciosa y ya me puso de mal talante. Rusia va echando a los nazis de su tierra y llega hasta Berlín, que yo diría que es otra cosa. Luego se queda, eso sí, y forma la Unión de Repúblicas Soviéticas con todos los países que ha ido recorriendo, lo que no es desde luego, nada loable.
La peli en sí me pareció que podría haber sido muchísimo mejor en cuanto a lo que a fotografía se refiere, pero una vez más se abusa del primer plano, supongo que con el único propósito de mostrarnos semejante elenco.
Ojo -> Jim Sturgess (bollo prometedor)
Ojo -> Colin Farrell (bollazo consagrado con un punto macarra)
Ojo ->Ed Harris (tío interesante de sólida carrera y franca mirada azul)
Pues me espantó, porque a la legua se veía en la parte gélido-Siberiana, que aquello era confetti de poliestireno que largaron con un cañón de dimensiones extraordinarias. Si me lo llegan a hacer a mí, ahí mismo la entrego porque hasta para sacar el pollo de las bandejas de foam tengo que ponerme guantes. Lo que supondría que me lo echaran pulverizado con la alergia que tengo!
Hay muy poco plano medio y panorámico, que habría sido de agradecer, para admirar el paisaje.
Encontré además, que Weir había hecho una película algo superficial, no nos cuenta gran cosa de los personajes y sí muestra mucha boca reventada por el frío y por el calor, mucho pie edemoso y ampollado, mucha piedra del desierto y ni una sola escena en la que se viera congelárseles en aliento, lo que significa que debieron rodarlo todo en el veranito.
Para rematarla, las frases del final en las que nos cuenta las maldades del comunismo, que es una teoría económica y social sólida y bien fundamentada han terminado de fastidiarme.
Peter, tío, qué despropósito!

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Tos

Hoy he dedicado el día a descansar de días llenos de tensión y emociones. O algo así, porque me he pasado la jornada contestando el teléfono y agradeciendo las atenciones y la preocupación de nuestros amigos, así que creo que el cerebro se me ha quedado refrito. Además, estoy muy afónica, aunque pienso que eso se lo debo al frío pasado y a la sala de espera del médico, que estaba atiborrada de gente con gripe que esparcía con generosidad sus microbios el martes por la noche. No podrían taparse la boca al toser?
Desde hace unos años, las personas tosen y bostezan sin taparse la boca. La bocaza, mejor dicho, porque mira que la abren. Están a dos centímetros del león de la Metro. Una vez le dije a un tipo mientras bostezaba con las mandíbulas casi desencajadas:
-Está usted operado de amígdalas! Y él se quedó mirándome sin entender…
El asunto me ha dado pie a hacer un pequeño estudio sobre la sociedad española actual. Ha mejorado su salud dental. En su mayoría, enseñan unas muelas sin caries.

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Despedida

Mi hija menor leyó desde un pequeño estrado, un texto que escribí recordando a mi madre y que esperaba que les explicara a nuestros amigos, la persona que había sido y lo que significaba para mí.
Sé lo tímida que es y el enorme esfuerzo que le supuso leerlo y que sólo el cariño que me tiene la hizo enfrentarse al pánico de un público pendiente de ella. Su padre tuvo la gentileza de colocarse a su lado para darle el apoyo que necesitaba. Gracias a los dos. Yo no habría podido leerlo.

“A mi madre le gustaban los adjetivos por encima de todas las cosas y eso le daba a cuanto decía, todo el colorido del mundo. Culta y extravagante decía lo primero que se le pasaba por la cabeza y nos dejaba a todos cuantos la escuchábamos, perplejos. Nunca se dirigió a mí en esa media lengua que muchas madres emplean cuando hablan con los niños muy pequeños, así que desde siempre he manejado un léxico muy amplio y una obsesión por el lenguaje correcto, que probablemente sea excesiva pero que es mi gran herencia.
Criándonos en la selva, bajo un calor sofocante y en peligro de contraer cualquier enfermedad tropical, se pasaba la vida hirviendo el agua, llevándonos al médico y temiendo que nuestros días estuviesen contados porque principalmente, no comíamos nada de cuanto nos daba. Siendo aún un mico, recuerdo llegar a la consulta del Dr. González Willis y éste preguntarme: -Qué tienes, Silvia?- Y yo contestarle: -Anemia perniciosa!
-No puedes hablarle a tus hijos como hacen las otras madres? Le preguntaba él…
Pues probablemente sí, pero tengo que reconocer que fue mucho más divertido así y gracias a ella, conozco la palabra perniciosa.
Mi madre era además una mujer de exquisita elegancia, generosa e inteligente y con un finísimo sentido del humor. Decía de sí misma que tenía un espíritu bohemio, lo que a mí me daba cierta sensación de vértigo, me hacía sentir insegura. Peor aún cuando decía que su sueño era ser riquísima para poder viajar por el mundo en una carreta, como los gitanos, parando donde le pareciese conveniente. Su argumento era que la gente al verla, sabiendo que tenía que sacar adelante a sus dos hijos con su negocio y su propio esfuerzo, dirían: -Mira qué chiflada! pero si fuese muy rica, dirían: -Capricho de artista! Yo pensaba para mí: Ay Dios, está loquísima! Espero que eso no incluya hacer hogueras y robar gallinas!”
Vosotros, la mayoría de los que aquí hoy nos acompañáis, la habéis conocido mayor, cuando regresó a España con 75 años, pero aunque tendemos a creer que los ancianos son así desde siempre, hubo un tiempo en que fue joven, alegre y divertida y a pesar de la dulzura que emanaba, tenía firmeza de carácter y fortaleza personal. Aunque nunca me dio razones para ello, siempre tuve la sensación de tener que cuidarla, no sólo porque era mi madre, sino porque desarraigada como soy, era mi referencia y mi patria. Pierdo, perdemos, demasiadas cosas de golpe. No sólo a mi madre, pierdo el suelo bajo mis pies.
Veo en mis dos hijas rasgos de su carácter. La naturaleza se ha saltado una generación, pero no me importa, se lo ha dado a quien yo más quiero.

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Mamá

Mi madre se va. Se apaga.
A primeras horas de la noche me ha llamado el médico para comunicármelo. Sólo le quedan unos pocos días para alcanzar la increíble edad de 98 años, aunque no sé si se puede decir alcanzar cuando hace más de 14 que tiene demencia senil, arterio-esclerósis o Alzheimer y ya no sabe quién es ella ni quiénes somos nadie de su gente.
Desde ese momento no hago otra cosa más que llorar sin freno, con un río incontenible de lágrimas. Es como si me hubieran abierto un grifo interior cuya llave se ha pasado de rosca. No hay forma de cerrarlo.
Cuando era muy pequeña, mi madre me preguntaba muy a menudo por qué lloraba tanto y con tanto caudal, que mis lágrimas salían con una fuerza increíble, como si las dispararan. Una vez me señaló el suelo con su índice y me dijo: _Mira, has hecho un charco! Lo que nos hizo reír a las dos a carcajadas.
Pues debe de ser en su honor entonces que hoy soy capaz de llenar pantanos.
No es porque se vaya, que en realidad ya no estaba, es por el tiempo perdido, la lejanía y muchas cosas más.
Me dio una educación estricta, que hoy la calificaría como “colonial-decimonónica”, refinada, como era ella. Ella fue la que me abrió los ojos ante la vida y la primera lección fue cuando era aún muy pequeña:
Estaba yo sentada en el baño mientras ella se arreglaba cuando le pregunté:
_Mamá, los reyes van al baño y hacen el dos?
Jamás empleábamos otros términos menos elegantes que esos, eran el número uno y el número dos y por supuesto esas groserías sólo se comentaban en privado, nunca en público.
_Claro que hacen el dos! Qué ocurrencia!, se rió
Un mundo de vulgaridad se abrió ante mis ojos. Ni siquiera las casas reales estaban libres de semejante ordinariez! Yo llevaba una larga temporada extasiándome ante la enorme ilustración de la página central del cuento de La Cenicienta, toda belleza, brillo y elegancia en semejante carroza y ahora resultaba que iba al baño!
No creo que haya pasado de mayor peor decepción que esa y mira que las he tenido gordas, pero se me había forjado el carácter en aquél entonces y pude soportarlas.
Mi madre no había tenido una infancia muy fácil precisamente, pero creció sin pizca de resentimiento a pesar de haber tenido buenas razones para ello. Se reía con una carcajada franca y sonora y sobre todo muy alegre. Era muy liberal y abierta de ideas, aparte de muy culta. Empezó el colegio con sólo 6 años en uno de monjas a donde la mandó su padre interna a Madrid y siempre me comentaba que al cuarto día de conocer a las monjas, se había vuelto atea y bolchevique. Su sentido del humor era pues, muy fino e ingenioso, combinándolo además con generosidad, porque nunca ofendió ni trató a nadie con desconsideración. Cuando ya no era capaz ni de hablar, seguía diciendo ante cualquier gesto amable: _ Gracias, eres un encanto.
No he sido su hija preferida, pero ella sí que ha sido mi madre preferida y nadie sabe lo sola que me deja. Es mi pasado y es mi referencia, mi anclaje y a partir de ahora sólo siento vértigo.

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Ruquesa

Es un evidente signo de vejez, de decadencia, recordar el pasado. Sip, estoy gagá.

—Me llamo Lucho, pero mejor llámenme Ruquesa —dijo con toda tranquilidad.
Mi hermano y yo estábamos atónitos.
¡Lo va a matar! Lo va a matar delante de todos nosotros y no podremos hacer nada para salvarlo, pensábamos horrorizados. Nadie se había atrevido nunca a hablarle a mi tía con ese desparpajo y menos aún un chiquillo. Bajo y regordete, con un remolino en la frente que le lanzaba los pelos del flequillo hacia arriba a pesar de la gomina, no parecía nada nervioso en su presencia. Más bien miraba con curiosidad todo lo que había a su alrededor. Nada más oírlo mi madre había lamentado haber atendido a las monjas cuando le rogaron que le diese un empleo porque era la desgracia de una madre abandonada por su marido, cargada de hijos y sin ningún recurso económico.
—Lo han echado de varios colegios así que tiene que trabajar para ayudar a su mamá —le habían insistido las Franciscanas Misioneras de María… y en ese punto estábamos ahora gracias a su tierno corazón.
Mi tía no le retorció el pescuezo allí mismo, como temíamos y le volvió a preguntar impaciente con aquella voz fuerte y ronca acostumbrada a mandar, a ser obedecida y a que nadie le hiciese perder el tiempo. Probablemente el hecho de que fuera después de comer, en las horas más calurosas del día y por una cierta modorra, le salvaron la vida.
—¿Acaso te llamas Ruquesa? Ya, déjate de tonterías y dime cómo te llamas —insistió.
Ni siquiera aquél cabeza hueca se atrevió a contestarle con tanta ligereza una segunda vez.
—Lucho, me llamo Lucho… Luis —dijo.
El pequeño grupo que lo rodeábamos respiramos aliviados. El chico aprendería, había alguna esperanza para su futuro de muchacho descarriado y había dado su primer paso en el buen camino, así que mi madre se fue hacia la escalera para subir a dormir la siesta y mi tía se dirigió a su mecedora a leer El Comercio de Lima, como llevaba haciendo desde que yo podía recordar.
—Harás todo lo que te diga la cocinera hasta la hora de abrir la librería, que vigilarás que no roben las revistas —le dijo mientras se alejaba.
Sólo nos quedamos observándolo la cocinera, su hijito, mi hermano y yo. Él nos echó una ojeada a todos.
—¿No podría cocinar ricos platos o lavar la ropa en vez de ir a la tienda? —dijo.
—¿Pero tú qué te crees? —le contestó Bella— Aquí hay lavandera y ya te ha dicho la señora que yo soy la cocinera, así que ni se te ocurra asomar un pie en mi cocina.
Mi madre, desde la terraza que daba acceso a su dormitorio en el piso superior, aún podía oirlo.
—Sergio, mantente alejado de ese chico —le dijo a mi hermano.
Nos miramos extrañados y lo volvimos a mirar a él.
Desde luego no parecía peligroso, era bajito, pecoso, regordete, y sobre todo algo barrigón y de piernas más bien flacas, de esas que se pegan a la altura de las rodillas. Seguí bajando con la mirada y me sorprendió que estuviese descalzo. No era lo normal para alguien que en Iquitos habrían llamado un blanquiñoso, es decir, que no era blanco puro pero que tenía más de un cincuenta por ciento de esa raza. Los blancos no íbamos descalzos y por otra parte, si las monjas habían dicho que eran gente muy necesitada, ¿cómo era posible que hubiese desarrollado aquella pancita de tragón? Además, sólo tenía 11 años, así que no podía haberle dado tiempo a desarrollar también una gran maldad. Me preguntaba cuáles serían sus faltas porque yo sólo lo veía un poco atrevido para dirigirse a una señora que le ganaba en edad, dignidad y gobierno, como decía mi tía para referirse al respeto que todo el mundo le debía. Ella misma acabó con la reunión gritando desde el otro extremo del pasillo.
—¡Augusto, ya ven a leer conmigo “El Comercio”! —y allá que salió disparado el hijito de la cocinera, que tan sólo tenía 3 años pero que estaba listo para aprender a leer, como lo habíamos estado nosotros bastantes años antes, a su misma edad.
Cerca de las tres de la tarde, cuando mi hermano y yo nos preparábamos para volver al colegio y Bella para irse a su casa hasta la hora de la cena, vino mi tía hacia el comedor y le entregó unos billetes al chico nuevo, que se había sentado en los escalones que daban acceso al lavadero después de haber estado curioseando por allí un rato.
—Mañana bien temprano vete a Bata y cómprate unos zapatos. No vuelvas a venir descalzo.
Y se encaminó hacia la entrada para ir a abrir la librería. Poco después bajó mi madre que como leía hasta muy tarde por las noches, le costaba despertarse de la siesta.
—Señora —le dijo el chico sacándola de su sopor definitivamente—, ¿no tienes alguna bata que me puedas regalar? Sueño con tener una bata.
Volví a extrañarme de que un casi-blanco se dirigiese a una señora con ese tratamiento a la vez que la tuteaba como hacían los indígenas. Mi madre se quedó asombrada por la pregunta.
—Nunca uso bata a menos que tenga que ir al hospital —le contestó—. Me visto directamente al acabar de bañarme —y dirigiéndose a nosotros comentó— .Este chico está chiflado!
Bella que la esperaba para salir con Augusto agarrado de la mano, soltó una carcajada y Sergio y yo nos miramos, sonriendo felices por los días que iban a venir con alguien tan extravagante en nuestras vidas. ¿Para qué querría una bata de mujer? Mi madre era alta, así que aquél chico le llegaría con las justas a la altura del pecho, con lo que cualquier bata suya le arrastraría por el suelo como si fuese la cola de una novia. Estaba claro que eso era lo que quería porque cuando nos fuimos todos hacia la puerta de la calle, Sergio y yo los últimos, nos morimos de risa al verlo contonearse aparentando llevar ya la bata puesta, ajustándose su camisa a la altura de la cintura con pretendida elegancia.
A la mañana siguiente allí se presentó a las siete y media, mientras desayunábamos, con un par de Sayonaras en los pies. No se había comprado zapatos como le habían indicado sino un par de esas chancletas de goma que había puesto de moda Marlon Brando en la película Sayonara de 1957.
—Pero ¿cómo te has comprado esa porquería? —lo increpó mi tía nada más oírlo chancletear por el larguísimo pasillo.
—Me dijiste que no volviese descalzo pues, señora…
—Sí, pero te dije zapatos, no sayonaras. Ahora ya las has usado y no se pueden devolver. Tienes que obedecer lo que yo te digo, no hacer lo que se te antoje. ¿Dónde está la plata que te sobró?, esto es mucho más barato.
—Sí pues, pero me he comprado dos pares para cuando se me rompan estas. Además, los zapatos no me gustan, prefiero las sandalias.
Aquél muchacho era un tesoro. No le importaba nada el mando, la autoridad ni ninguna otra señal de orden. Desde que había llegado había hecho lo que le daba la real gana y a pesar de ello el mundo no había dado señales de estar llegando a su fin. Mamá nos había contado por la noche antes de dormir, que mi tía se había pasado la tarde refunfuñando, riñéndole por haberse dejado convencer por las monjas y admitir a semejante chico loco y desobediente y que sólo les traería preocupaciones. Por lo visto, la tarde había sido agitada. En realidad no hacía ninguna falta que trabajase para la casa, pero le crearon un puesto que requiriese pocas luces y menos esfuerzo: vigilante no jurado o como le decían en Iquitos, “guachimán”, versión libre y acriollada del término inglés watching man. Le dijeron pues que se colocase tras las mesas de las revistas para que la gente no se pusiera a leerlas en vez de comprarlas o se las escondieran entre la ropa sin pasar a pagarlas, pero él había estado saliendo a la calle a meterse con cada joven que pasaba por la vereda, y alcanzó la locura cuando hacia las cinco empezaron a pasar los chicos de los últimos cursos del colegio San Agustín. Había gritado y los había saludado con gran alharaca y cuando al fin mi tía había logrado arrastrarlo por la camisa hasta adentro, se había tirado al suelo y había pataleado y llorado desconsoladamente hasta que se cansó. Así eran sus emociones, extremas y de corta duración. Era nuestra pequeña Sarah Bernard disparatada y díscola.
A la mañana siguiente ni mi hermano ni yo pudimos verlo porque ya no tenía que llegar tan temprano para enseñarnos los zapatos nuevos, pero a mediodía, bastante antes de abrir la librería por la tarde, se presentó en casa con una corona de flores que se había plantado en la cabeza. Su madre seguramente no lo podía resistir en su casa y al tener la oportunidad de largarlo a la nuestra, lo despachaba nada más terminar de almorzar. El chico decidió no tentar más su suerte interrumpiendo la lectura de periódico de mi tía y se entretuvo arrancando florcitas en unos arbustos de la Plaza de Armas. Nada más verlo nos dio un ataque de risa que apenas pudimos sofocar. Bella se tapaba la boca con el mandil, Augusto reía nervioso como todos los niños al ver reír a su madre, sin entender nada y Sergio y yo nos metimos a la carrera en el cuarto de la plancha para que no se oyesen nuestras carcajadas. En ese momento se levantó Mamá.
—¡Pero qué chico tan chiflado! —dijo, una vez más.
Cuando mi tía lo vio, se abrió el infierno.
—Sácate eso ahora mismo! —gritó echando unas chispas por los
ojos que abrían carbonizado a media humanidad.
—¿El qué? — preguntó con aire inocente
—Qué ocurrencia presentarse así en esta casa. Quítate esa majadería antes de ir a la librería y que no se te vuelva a ocurrir una cosa así si no quieres que llame a tu madre.
—Oye Lucho, mejor obedece a la señora que tu mamá necesita la plata que ganas aquí —le reconvino Bella. Y así hizo, pero como unas dos horas más tarde de su horario de trabajo, cuando a él le pareció conveniente…

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