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Archive for 30 noviembre 2011

En el hotel en el que estamos  alojados en Atalaya, a lo largo de todo un año, hemos ido desarrollando relaciones amistosas con el personal del comedor, la cafetería, etc. Ya se sabe, el roce hace el cariño y más ahora que no hay nadie  alojado aquí aparte de  mi marido y yo. Una propiedad de más de una hectárea para sólo dos personas.

Ayer por la tarde no nos apetecía caminar por la playa y recalamos en la cafetería, donde estaba una camarera encantadora y a la que me gusta mucho oír hablar. Cuenta recuerdos muy divertidos de su infancia a toda velocidad y a veces tengo que prestar mucha atención para entenderla porque tiene un acento andaluz muy marcado y que estoy deseando adquirir. Eran diez hermanos y todos muy seguidos (de hecho creo que dijo que su madre al último lo tuvo a los treinta y cuatro años). Isabel, mi amiga, es melliza con otra chica y aún son nueve hermanos repartidos por Europa y USA  porque el menor era enfermito y falleció pronto, pese a los desvelos de su madre.

Le he prometido que si consigo casa aquí, le pediré que se reúnan todos y narren sus recuerdos para poder escribirlos. Su madre, que aún vive, seguro que es un archivo ambulante de historia.

Isabel me habló de lo grande que era su casa, con los suelos de tierra prensada, de las necesidades que pasaban, de cómo su hermana mayor iba a lavar la ropa al río, para ayudar a su madre que se ocupaba sólo del pequeño enfermo, de cómo con 16 años se fue a trabajar a París, porque ya de trabajar como una burra por lo menos ganar dinero y entonces pasó ella, Isabel, a lavar al río. Pero siempre me contó lo felices que eran y lo mucho que se reían… que su madre los sentaba a todos a la puerta de la casa al atardecer porque hasta las siete y media de la noche no venía la luz y de sus amiguitas, María del Parador, María de la Tahona…

Como en España hace años todas las niñas llevaban el nombre de María delante y luego el de una lista enorme de Vírgenes aparecidas en lugares muy diversos, como en el Valle, en el Camino, en una Roca… pues pensé que también había una Virgen de la Tahona y otra Virgen de Parador y le pregunté de dónde eran patronas. Casi se muere de risa por mi ignorancia.

Habló de cómo una hermana de su padre que también se había ido a trabajar a París, les mandaba regalos desde allí y una vez llegó una tela para ella y su melliza y para la más pequeña y una mujer, les fue a coser a casa porque su madre tenía máquina  y  les hizo un vestido a cada una, “pa’  estrenarlo el día del Zeñó”.

_Perdón, pero cuál es el día del Señor?_  le pregunté

Me miró como si fuera tonta y me dijo:  El Corpu! Tenía que habé una fiesta mu especiá pa’ estrená algo!  Y allá que nos fuimos mis hermanos y yo y al ir a la feria por jugá me cayó una rama de una acacia en la cabeza, que me hizo una brecha enorme y me puso el traje perdío… La bofetá que me dio mi madre al verme el vestío y ni me preguntó cómo estaba! Mire usté el való que nos daban a los niños! Pero es que no habíamos tenío un vestío nunca! Nos compraban una falda que no la llevábamos por la cintura, sino por las axilas, que nos tenían que durá muchos años… la íbamos bajando…

_¿Y la vez que otra tía mía que se fue a trabajá a Valencia y por medio de un tratante de ferias, de esos que llevaban mulas, nos mandó en una zaca una piña de plátanos? Nunca habíamos visto plátanos y todas las vecinas alrededó diciendo, qué será esto? Y dijeron luego, Vamos a dárselos a los niños y si no les paza ná, nos los comemos nosotras!

Qué lista era su madre, “que un día le regalaron dos pasteles y en vez de llevárselos a casa se los regaló a una amiga que sólo tenía un hijo, porque en casa, entre tantos hermanos, con el hambre que tenían siempre, ze iban a matá”.

Hoy Isabel tuvo el día libre, pero mañana, me ha dicho que me va a enseñar una foto que no ha visto nadie fuera de su familia, ni sus compañeros de trabajo, lo que sin la menor duda, es un honor que agradezco. Me ha dicho que por mi forma de hablar, soy como ella, una persona sencilla y eso, es un honor aún mayor.

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ARÉVALO

Hemos bajado una vez más a Marbella. Este hecho, que se ha convertido en una especie de peregrinación mensual, de penitencia, creo que debería de tener una recompensa celestial y sin embargo, a pesar de nuestro esfuerzo, no aparece una casa que nos guste de verdad.

En esta ocasión hemos salido a primera hora de la tarde, pero al estar a finales de otoño y dirigirnos hacia el Este, nos encontramos con que oscurecía mucho antes de lo que lo hace en nuestra zona.

La falta de luz me impedía tomar fotos, así que iba distraída y medio amodorrada por la oscuridad. El sol hacía más de veinte minutos que había desaparecido por el horizonte y sólo quedaba esa última luminosidad tangencial de color azul intenso, cuando de repente, iluminado de una manera increíble, surgió Arévalo, en la provincia de Ávila. Tiene un puñado de castillos, de iglesias y de catedrales, todas ellas alumbradas dramáticamente de abajo a arriba, recortadas contra la línea del cielo. También se podían ver, muy difuminadas, el resto de las casas de la villa.

Tenemos que volver para visitarlo con calma, tiene mucho arte mudéjar y unas historias increíbles, como la de Pedro I El Cruel, que se casó con Doña Blanca de Borbón, a quien en sus capitulaciones matrimoniales le cedía el señorío de la villa y tres días después de la boda, la recluyó en el castillo y él se largó con la barragana.

Además tienen una cocina fantástica como cordero asado, el tostón (chanchito muy pequeño) y esas cosas típicas de tierras frías…

http://www.ayuntamientoarevalo.es/

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NO ME LO PUEDO CREER

Se me ha ocurrido que podría escribir un poema.
Siempre se me han dado bien los ripios y tal vez, incluso podría animarme a añadirle unas corcheas y así llegar a una canción. Por entretenerme, digo! Porque ¿cómo se soportan cuatro años de estulticia?

 

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SINE QUA NON

Aquí donde yo vivo, todos los planes que uno haga, empiezan con una frase que puede que, más que condición indispensable, sea un deseo ferviente, un ruego al Altísimo:
_Si hace bueno, mañana podríamos ir a…
_Qué tal si el sábado, si hace bueno, fuéramos a…
Pues hoy era unos de esos días con plan condicionado al buen tiempo. Había quedado con una amiga en ir a tomar fotos por las playas del Norte de Portugal: Vila Praia de Áncora, Moledo… y va y tiene una jaqueca de las chungas, en día soleado.
¿Qué sentirán las gentes de tierras con menos lluvias y ventoleras? ¿Qué se sentirá al ser imprudente y organizar cosas sencillas para los días venideros?
Esa es una virtud que a mí me habría gustado no haber adquirido: la prudencia.
(Ojito los que me conocen con hacer comentarios sarcásticos!)

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MÉDICOS

Desde que puedo recordar (y recuerdo muchísimo), le he tenido siempre pánico a los médicos. Puede que sea irracional, pero en mi opinión nunca son portadores de buenas noticias, son siniestros. Es probable que sea porque cuando uno acude a verlos, no va en las mejores condiciones, así que hay pocas posibilidades de que sea un hecho feliz.
Desde que nací, fui mala comedora y las horas de las comidas eran una auténtica penuria. Mi madre me amenazaba con “llevarme esa misma tarde al médico, que me recetaría unas inyecciones dolorosísimas de hierro y calcio, que me pondrían en unas jeringuillas especiales del tamaño de una botella de agua gaseosa”.
A veces esa amenaza surtía un poco de efecto porque sólo pensar en el topiquero, que era un joven que estaba cojo por la poliomielitis y arrastraba la pierna corta por nuestro larguísimo pasillo, me helaba la sangre. Pero cuando sacaba aquella cajita metálica ovalada con las jeringuillas y agujas y las hervía sobre un fuego que hacía con alcohol en la tapa de la cajita siniestra, mis alaridos se podrían haber oído en Hawaii si no llega a ser porque la cordillera de los Andes hacía de barrera infranqueable.
Como la amenaza era real y sí que me ponían las ampolletas prometidas cada poco tiempo, los días siguientes volvía a no comer y mi madre pasaba a otra vía de disuasión: relatarme unas operaciones terribles en las que los cirujanos abrían a sus pacientes de arriba abajo con serruchos muy afilados. Cuando abría la boca asustada, ella aprovechaba y me metía dentro un bocado que yo ponía a un lado como hacían las mascadoras de coca de la sierra. Entonces me comunicaba que moriría de consunción como La Dama de las Camelias.
Los médicos de entonces eran unos tipos desconsiderados con la infancia. Ellos y las madres formaban una asociación malvada y siempre estaban de acuerdo. _La niña no come, recétale unas inyecciones_ y el tipo no se lo pensaba dos veces, las escribía en un papel sin el menor remordimiento.
Esa curiosa asociación con la ciencia, incluso la llevó a presentarme como voluntaria a la fuerza para la primera vacuna contra la polio que se ponía en la ciudad. Me tomaron una foto berreando y que apareció en los periódicos locales dónde prácticamente sólo se veía una boca del tamaño del Krakatoa.
Con los años, mi relación con esa profesión no ha mejorado ni pizca. Entro en estado de pánico sólo de pensar que tengo que asistir a una consulta y lógicamente acudo a ellas porque cuando enfermo, mi marido pide las citas, me arrastra a las consultas y aguanta sin perturbarse mis amenazas de largarme de allí agarrándome fuertemente por un brazo. A veces tengo tanto miedo que creo que me voy a desmayar y reconozco que cuando he tenido que entrar en el quirófano, no he dado alaridos por no avergonzar ni asustar a mis hijas.
Esta mañana me ha tocado ir al hospital a buscar los resultados de varias pruebas (siempre creo que esa es la definitiva que me va a mandar al otro barrio) y hemos tenido que esperar en una especie de antesala abierta a que me tocara entrar. Justo en la puerta había esa especie de banco con 4 sillas unidas por una estructura metálica típica de la estética hospitalaria y en cuanto me senté, empecé a sacudir nerviosa una pierna con tal fuerza y a tal velocidad, que la pareja de señores mayores que estaban sentados en las de al lado, casi se caen por el lateral. Mi consorte-guardián me miraba con mirada reprobatoria, mientras los viejitos temblaban de arriba abajo a velocidad supersónica, pero en esos momentos yo no estoy para atender indicaciones.

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